Descubre la historia de los tamales
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Descubre la Historia de los Tamales

Creo que conozco los tamales desde que tengo uso de razón. Recuerdo que mi familia aprovechaba cada temporada de maíz para preparar este sabrosísimo platillo con bastante frecuencia. Todos participábamos en su elaboración ya que, como sabes, no es un proceso sencillo. O al menos en aquel entonces no lo era, pues todo se hacía manualmente.

Mi padre y mis hermanos se encargaban de pelar las mazorcas, desgranarlas y moler los granos. Mi madre era la que preparaba la masa y le daba el punto de sal. Ella también era quien decidía si ponerle relleno o no. Para mi hermana y esta servidora quedaba conformar el tamal en sí. O sea, poníamos la pulpa sobre las hojas de maíz, la envolvíamos muy bien para evitar escapes y, cuando agotábamos toda la harina, echábamos los tamales al caldero, ya con el agua en hervor.

En honor a la verdad, a veces me desesperaba un poco porque el proceso se tornaba demasiado largo. Más de una vez hice que mi mamá me diera “una probadita“, aunque los tamales no estuvieran del todo listos todavía. Recuerdo que los comíamos con carne de cerdo frita o asada y arroz congrí, principalmente, en lo que vendría siendo nuestro “combo” particular.

Ahora que hablo sobre este tema, de seguro te viene a la mente tu propia relación con esta delicia de nuestra gastronomía. Porque ¿qué latino no ama los tamales? ¿Quién no agradece a los indígenas mexicanos por este gran aporte a la identidad culinaria de su tierra y nuestros pueblos?

Cuentan que a principios del siglo XVI, o quizás mucho antes, los mayas y aztecas ya disfrutaban del maíz de este modo. Y que, poco a poco, tales culturas fueron llevando esta manera de comer el grano hacia otras regiones vecinas. Fue así como se extendió por todo nuestro continente, asumiendo en cada país presentaciones diversas y hasta nombres distintos.

Aunque generalmente se envuelven en hojas de maíz, hay sitios como los estados mexicanos de Guerrero y Yucatán, y algunas zonas de Ecuador y Puerto Rico, donde los tamales se cubren con hojas de plátano. El relleno también puede variar de una nación a otra. En Cuba y Venezuela, por ejemplo, se suelen rellenar con chicharrones o masas de cerdo frita, mientras que en el propio México se utilizan desde carne, chile y queso hasta verduras y frutas. No en vano dicen que en ese país existen miles de variedades de tamal.

En cuanto al nombre, sucede algo parecido. ¿Sabes cómo los llaman en Honduras? Montucas. En Belice, bollos; en algunas zonas colombianas, molidos; en Ecuador, humitas; en Venezuela y ciertas provincias del Oriente cubano, hallacas; en Nicaragua, nacatamal (si contiene carne); en Guatemala, chuchitos, y en México, pues de mil maneras: chanchamitos, uchepos, xocotamales, pibipollos, canarios, vaporcitos o chamitles, entre muchas otras.

Claro, el nombre más extendido es el de tamal (proveniente del vocablo náhualt tamalli, que significa envuelto). Y es de él, precisamente, de donde surgió su equivalente en inglés, tamale, en lo que constituye una franco recorte del plural tamales. Porque, dicho sea de paso, no pocos estadounidenses también han hecho suyo este plato latino. ¡Cómo no hacerlo si adondequiera que vamos nos llevamos y compartimos nuestras raíces!

Y tú, ¿de cuántas maneras preparas este platillo? ¿Cuál te apetece más? ¿En qué ocasiones lo sirves? Vamos, no te cortes y cuéntanos un poquito.

Publicado en: Qué hay de Rico, ¿Sabías Que?

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