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Historia de Cuando Aprendí a Colar Café

By Migdalis Pérez, August 15, 2013
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Creo que tenía como 12 o 13 años cuando aprendí a colar café. Más que por curiosidad, recuerdo que lo hice por una doble necesidad. La primera de ellas tenía que ver con la ausencia de mi mamá: si ella no estaba en casa, era yo la que debía arreglármelas en la cocina. Y la segunda, con la (¿rara?) costumbre que mi papá y yo compartíamos de acompañar todas las comidas con un vaso de café claro.

Si bien mi madre no solía ausentarse con frecuencia, la alta demanda que tenía esta bebida en casa —dado el consabido y “extraño” hábito— terminó obligándome a colar café bastante seguido. Claro, en ese entonces, y en pleno Oriente cubano, el método usado para elaborar la infusión era bastante rudimentario. ¡De maquinitas cafeteras, nada de nada!

Una olla (cazuela), un colador de tela (o saco de colar), un porta-colador de madera y un par de jarritos de aluminio eran las herramientas empleadas entonces. Recuerdo que, primero, se ponía a hervir la cantidad de agua deseada con el azúcar requerido; luego, se colocaba el café molido en el colador; después, se le echaba el agua caliente poco a poco y finalmente, se volvía a recolar la bebida para obtener un verdadero café fuerte; el mismo que se usaba para hacer el café con leche de los desayunos y para ofrecerle a las visitas.

El café claro, por el contrario, se obtenía en las últimas coladas, añadiendo mucha agua y sin volver a filtrar la mezcla. De más está decir que esta variante menos concentrada era mi preferida en esa época. No había nada más sabroso entonces que acompañar un plato de tamales y carne de cerdo asada, o de tostones y huevo frito, o de cualquier otra combinación parecida, con una jarra de esta delicia. ¡Nada más pensarlo se me hace agua la boca!

Unos años más tarde, llegó la primera cafetera a mi casa. Se trataba de una italiana (llamada greca o moka, según supe luego), y cuyas dos partes centrales se enroscaban por la mitad. Confieso que no me gustaba preparar el café en dicha máquina; no porque no entendiera las ventajas del adelanto “tecnológico”, sino porque la primera vez que la usé me quemé la mano (y ya se sabe el “trauma” que un evento de esta clase puede ocasionar).

Así que le dejé a mi madre la tarea de colar café todos los días. Era ella quien le echaba al colador todo el polvo posible, presionando y presionando hasta que no cupiera un granito más; la que ponía la cafetera al fuego y la que hacía el ritual de mezclar la primera colada con el azúcar, en un jarro aparte, hasta conseguir la famosa cremita espesa. Según ella, “lo delicioso del café cubano con su espumita” radica en esa especie de pasta y en verter sobre ella, poco a poco, el café colado restante.

Claro, eso era en los tiempos en que usábamos ese tipo de cafetera. Ahora, que utilizamos una mucho más moderna y eléctrica, obtenemos un resultado idéntico con un poco menos de “trabajo”. Eso sí, el rito de colar café sigue siendo el mismo: comienza con el “¿qué tal un cafecito?”, sigue con el disfrute de su aroma mientras se elabora y termina con el “¡quéeee rico!” de la plena satisfacción. Entonces, ¿se te antoja preparar uno? ¿Por qué no nos cuentas cómo lo prefieres tú?

popped Migdalis Pérez
Aunque mi familia dice "comes como un pajarito" porque prefiero porciones más pequeñas, me encanta cocinar, descubrir nuevos sabores, y experimentar con recetas exóticas. Disfruto de programas de cocina y siempre estoy en la búsqueda de cualquier sugerencia o truco para ayudarme a mejorar mis habilidades culinarias. También me gusta sorprender a mis seres queridos con nuevos platos, volver a conectar con ciertos alimentos de mi infancia (los que nunca se olvidan), visitar nuevos restaurantes, y explorar la gastronomía de otros países. Soy periodista, cubana, y vivo en Miami donde me dedico por completo a la escritura. No dudes en visitar mi proyecto personal en revistacatalejo.com

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